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Opinión: El renovado apetito por conducir la “cáscara vacía”.

Por Sebastian Dumont

El PJ bonaerense asoma como la nueva colina a conquistar para las diversas tribus en las que se dividen los actores del oficialismo provincial. Se lo disputan como si estuvieran ante la conquista magnífica de un instrumento que ni siquiera a Perón le parecía importante, lo realmente trascendente era el movimiento. De repente, asoman candidatos, se pintan paredes y se ponen “fierros” para capturar la herramienta electoral que, casi indefectiblemente, terminará siendo dominada por la lista de unidad ficticia. La fecha límite es el 8 de febrero pero el consenso, complejo por cierto, indefectiblemente llegará. Con ciertos condicionamientos que estarán marcados, por ejemplo, en quien se quede con la presidencia del congreso partidario y la mayoría de los congresales. Mientras tanto, la Libertad Avanza se propone conquistar otra colina: el gobierno bonaerense, último reducto de resistencia de un peronismo en permanente estado asambleario.

Cada vez que el peronismo pierde una elección importante, reaparece la misma frase, casi como un reflejo automático: “el PJ es una cáscara vacía”. Se dijo en los noventa, volvió a escucharse tras la crisis de 2001, reapareció con la irrupción del kirchnerismo, se repitió después de la derrota de 2015, se gritó con fuerza en 2017 y hoy vuelve a circular, otra vez, después del triunfo de Javier Milei. La historia se repite con una precisión llamativa.

El Partido Justicialista nunca fue un partido en el sentido clásico. Fue, desde su origen, una estructura de poder, una herramienta electoral, un paraguas amplio bajo el cual convivieron proyectos, liderazgos y contradicciones profundas. Por eso, cuando se afirma que el PJ está “vacío”, en realidad lo que se está diciendo es otra cosa: que no hay conducción, que no hay un relato convocante y que el poder se mudó a otro lado. El apetito por conducir que demuestran ahora actores como Axel Kicillof obedece a la lógica de no ceder espacios a sus rivales internos. La proyección de la puja con Cristina Kirchner es el mayor condicionante para que emerja una real renovación no sólo de nombres sino de acciones.

Días atrás, en una entrevista que sostuve con el economista Antonio Aracre, ex funcionario del gobierno de Alberto Fernández y hoy defensor a ultranza de las políticas de Javier Milei se planteó la incógnita sobre si había dirigentes del peronismo que estaban convencidos que el equilibrio fiscal era un tema que ya no se podía discutir. Su respuesta arrojó un dejo de escepticismo.

“Hay posturas en dirigentes del peronismo que son menos dogmáticas en lo privado que en lo público. Y sostienen que la responsabilidad fiscal llegó para quedarse”, le comenté a Aracre.

Su respuesta fue: “Me gustaría verlo, ojalá sea así. Todavía se escuchan voces como la de Axel Kicillof que hablan con cierto desdén de la responsabilidad fiscal.

El diálogo siguió: “Muchos intendentes con responsabilidades piensan en la necesidad de llevar economías sanas en sus municipios”.

AA: “Son los mismos intendentes que no toman la decisión de encarar cambios estructurales en el gasto público que lo suplen con la creación de nuevas tasas o tributos”.

Más allá de las posturas encontradas en la mirada, lo importante está en el fondo de la cuestión. Es un debate que llegó para quedarse y será difícil para quien pretenda encarar un proyecto alternativo al gobierno de Javier Milei en 2027 pueda pasar por alto ese punto con ancla fundamental. Resultados de la “batalla cultural”.

Para la historia, las idas y vueltas en torno al dominio del PJ no son nuevas.  Eso ocurrió con Menem, cuando el peronismo se transformó en un vehículo para un proyecto que muchos consideraron ajeno a su doctrina histórica. Volvió a pasar con Néstor Kirchner, que llegó al poder sin controlar el partido y decidió construir por fuera del PJ, apoyándose en frentes electorales y en la centralidad del Estado. Se repitió con Cristina Fernández de Kirchner, cuando el kirchnerismo directamente rompió con el PJ bonaerense y eligió competir con otra marca.

En todos esos momentos, el diagnóstico fue el mismo: el PJ no servía, era un cascarón, estaba desconectado de la sociedad. Sin embargo, lo que nunca dejó de funcionar fue la lógica peronista del poder: gobernadores, intendentes, sindicatos y estructuras territoriales que, aún sin partido fuerte, siguieron siendo decisivos. El PJ parecía vacío, pero el peronismo seguía vivo, mutando.

La diferencia hoy es más profunda. Ya no se trata solo de una crisis de liderazgo o de identidad. Lo que está en discusión es la capacidad del peronismo para interpretar una sociedad que cambió. La derrota de 2023 no fue sólo electoral: fue cultural. Milei no le ganó al PJ; le ganó a una forma de representación política que muchos argentinos dejaron de sentir propia. Lo paradójico es que esa construcción “novedosa” estuvo apalancada desde las mismas estructuras y métodos que asomaron agotados en quienes los representaban. El Presidente intenta seguir alejado de esa lógica. Lo volvió a demostrar en su reciente viaje a Mar del Plata para cerrar la “Derecha Fest”. Sin embargo, le es costoso desprenderse de ella. Ejemplos como la caravana que lo llevó a recorrer la calle Güemes en la Feliz es un mero ejemplo. Junto al Jefe de Estado, su hermana Karina y el megáfono, lo acompañaban el diputado Sebastián Pareja y el Ministro del Interior Diego Santilli. Aquí, Maquiavelo no ha muerto. Para ganar la provincia de Buenos Aires se necesitan jugadores dispuestos a entender su lógica y embarrarse en el mismo lodo que quienes la gobiernan hace años.

Por eso, cuando hoy dirigentes peronistas dicen en voz baja que “el PJ no sirve para nada”, no están describiendo un problema administrativo. Están admitiendo algo más incómodo: que el partido dejó de ser una herramienta eficaz para canalizar demandas sociales. Y que, por primera vez, no está claro hacia dónde puede mutar.

El PJ fue declarado muerto muchas veces. Siempre volvió. La pregunta ya no es si el partido está vacío, sino si el peronismo todavía tiene algo nuevo para poner adentro. Sin liderazgo claro, sin épica y sin una lectura honesta del cambio social, la cáscara puede seguir en pie. Pero esta vez, puede no alcanzar a ser llenada. Tiempo al tiempo.

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