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“El país es una pelota”, por Miguel A. De Renzis.

incidentes river

El 23 de junio de 1968 Juan Carlos Ongania presidia el primer periodo de la llamada “Revolución Argentina”. Al que continuarían Levingston y por último, Lanusse.

El estadio de River tenía numeradas sus puertas y los visitantes concurrían normalmente a los espectáculos deportivos.

Pero ese día todo falló.

El régimen militar imperante había dado la orden para que la Policía Federal actuara con violencia para reprimir actos sindicales, intentos políticos y/o desbordes deportivos.

La policía montada atropelló con sus caballos la salida de los hinchas de Boca que se iban antes del estadio, otros dijeron que no habían sacado las vallas que se usaban para controlar el ingreso y allí ocurrió lo impensado: los que querían salir al ver que no lograban su objetivo volvieron sobre sus pasos y fueron arrollados por los que seguían bajando. Murieron por asfixia 71 personas.

Fue la masacre de la puerta 12.

Desde entonces, el estadio millonario no usó más los números en las puertas.

Por aquella época, este periodista al igual que varios colegas que hacíamos el trabajo en el campo, estuvimos haciendo respiración boca a boca, salvando algunas vidas y en otros casos, dándonos cuenta que ya eran cadáveres.

Hubo exceso en la policía.

Sin embargo, el primer muerto que registra el futbol sobre 318 personas, fue la de un colega. Ocurrió nueve años antes de la era profesional. En 1922 se vino abajo una cabina en el estadio de madera Deportivo Barracas y murió el colega del diario El Telégrafo.

El 14 de mayo de 1939, por desborde de la hinchada de Boca en el estadio de Lanús, la policía abre fuego con balas 38 y mueren dos hinchas de la ribera. Aquí comienza la lista de los muertos por violencia en el futbol.

Ayer 882 periodistas estaban dispuestos en el estadio de River a cubrir la final de América entre dos clubes argentinos. Había representantes de la prensa de 22 países. Y más allá de lo que ocurrió demostrando el alto grado de improvisación argentino, los colegas tuvieron graves problemas con el wi fi de River.

Es decir, por falta de previsión, dejamos incomunicada a la prensa internacional.

El radical y ex legislador de la Ciudad Martin Ocampo, cuando ejercía el cargo de fiscal llegó a decir con motivo de disturbios en el estadio de Boca en un partido frente a River, que el futbol habría que jugarlo sin público.

Martin Ocampo, ayer, como ministro de seguridad de Larreta, no pudo impedir que pese a los controles previos donde se exigía el documento y la entrada, varios integrantes de la barra cruzaran los vallados llegando a la puerta de la tribuna Belgrano y saltando los molinetes.

Esto no se puede hacer si no hay complicidad policial o incapacidad manifiesta.

Para tratar de no pensar mal de las viajes sociedades entre las barras y la Policía, donde a mayor disturbio mayor cantidad de personal policial, y ante más policías, más facturación. No siempre los clubes pagan servicio por la cantidad de efectivos. Por lo general le cobran más de lo que mandan, y algún jefe policial se queda con la diferencia.

Por eso necesitan que los barras hagan disturbios para que se requiera mayor cantidad de efectivos.

Ocampo debe renunciar, y si no, que Rodríguez Larreta lo eche.

Pero hay otro dato más, que no es menor.

La zona de agresión al micro, casualmente, no la custodiaba la Policía de la Ciudad, sino la Prefectura. Que sepamos, los prefectos son entrenados para estar arriba de una lancha y efectuar control marítimo y no tienen por qué conocer lo que le corresponde a las fuerzas de tierra.

Acá entra la responsabilidad de Patricia Bullrich, que pretende que los que están entrenados para el agua controlen la tierra.

Fue zona liberada por la Policía de la Ciudad de Buenos Aires. Y no hubo falla como se pretende hacer creer sino complicidad.

La noticia de la detención de dos jefes de la barra de los Borrachos del Tablón, el secuestro de siete millones y 300 entradas entre otras cosas, puso en evidencia la impunidad de los violentos, la complicidad de algún dirigente, y la vista gorda de la Policía.

El partido del siglo, el más importante de todo el mundo a nivel de clubes, según vendió la prensa deportiva, se transformó en el papelón del siglo.

Mauricio Macri, en Chapadmalal, como alejado de la realidad nacional, tomó el teléfono para pedir la cabeza de Martin Ocampo, mientras nadie se acuerda de Patricia Bullrich Luro Pueyrredon, que según Relaciones Publicas de River, era uno de los ministros invitados.

La noticia dio vuelta por todos los portales del mundo, en la totalidad de los diarios deportivos y en varios diarios de interés general.

A una semana del G20 la policía de Macri y Larreta no puede asegurar que un micro llegue sano.

Sin contar la profunda confusión de la sociedad donde todo lo justificamos por la pasión en la falta de nuestro uso de la razón.

Un suelto Martin Ocampo decía antes del partido que podían ir a festejar al obelisco, sin cometer daños. Este radical debe haber estado viviendo en Marte.

Macri quería 4000 hinchas visitantes en los estadios, cuando en realidad su pensamiento está en las sociedades anónimas del futbol.

El presidente de FIFA quería que se jugara por el negocio mundial de la pelotita. Alejandro Domínguez, el titular de la Conmebol insistía en postergar el horario de inicio por el negocio de la televisión. Angelici vivía la contradicción: la suspensión era un papelón para Macri, pero si no la proponía, el problema era para él en Boca. D’Onofrio recibió de Gallardo una muestra de juego limpio. El técnico le pidió que River fuera solidario y no juegue.

La prensa de la Conmebol, ausente.

Tevez y Gago pusieron la cara en un vestuario de Boca tabicado con maderas.

Los médicos de la Conmebol no pudieron certificar una úlcera de córnea del capitán Perez de Boca, porque ninguno era oftalmólogo. Lo tuvieron que llevar al Otamendi. En la puerta del Otamendi, donde adentro hay internados graves, vecinos y barras de Boca gritaban por Perez, olvidándose de los internados.

En la concentración de San Lorenzo le dijeron que el partido de hoy con Huracán se suspendía. El club preguntó quién le paga los 250.000 pesos diarios que cuesta la concentración. Nadie le contestó.

Esto es Argentina. El desorden de la mismísima anarquía política y social que vivimos.

Desde hace tiempo muchos creen que la Patria se juega en un partido de futbol. Así nos va.

En el gobierno anterior Cristina saludó a los que se sostenían en los para -avalanchas, y nació Hinchadas Unidas. Delincuentes con prontuario viajaron a Sudáfrica sin problemas. Macri presidió Boca muchos años y nunca eliminó a los barras de La Doce.

La corrupción policial y los violentos tampoco se combaten y todo esto lo disfrazan de pasión.

Es una crisis agónica en la sociedad que ha perdido la escala de valores.

A los violentos se los usa en la política y en el gremialismo y siempre están asociados con los que manejan el orden.

Festejamos la final de América entre dos argentinos. América y el mundo nos terminan de conocer a fondo.

Se puede cambiar de partido político varias veces, pero jamás de simpatía futbolística.

River termina de pagar la multa para que el estadio se habilite a las 13 y otra vez todo vuelva a empezar.

El país es una pelota. Por eso nos viven pateando.

25 noviembre, 2018