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Análisis: Barones cuestionados.

Por Sebastián Dumont – 

“La noción de barón también se utiliza en el terreno de la política para nombrar a quien posee un gran poder en una región o en una entidad. Estos barones pueden influir en el funcionamiento o en la organización de las estructuras que dominan”. Entre las tantas definiciones de la palabra barón que describe con certeza a qué se refiere cuando, por ejemplo, de habla de los barones del conurbano. Ese concepto ahora está en crisis. Pero no sólo porque representa un concepto repudiado por un sector de la prensa progresista o de aquellos que lo instalaron como una cultura política mala. Sino por lo que contiene el término en sí mismo y hoy no estaría sucediendo en toda su dimensión. Los casos recientes del conflicto policial y las tomas de tierras se emparenta con la pérdida parcial del control territorial de los jefes comunales.

La definición de Barón del Conurbano comenzó durante la década del 90 y se prolongó en los 2000 en referencia a los intendentes del Gran Buenos Aires que conquistaron sus distritos entre 1995 y 1999. La prolongación de su influencia en más de un mandato los convirtió en administradores de sus territorios sin que se les escapara un solo detalle que no estuviera bajo su control y decisión. Eran los tiempos de Eduardo Duhalde gobernador, quien sumó recursos para construir una liga poderosa que llegó al poder en enero de 2002. El control de esa organización es la que aún desvela a los presidentes porque se emparentó con el manejo de la calle. La imagen del ex intendente de Moreno Mariano West marchando al frente de una columna en diciembre de 2001 marcó una época. Quizá con cierta injusticia porque mientras eso sucedía, muchos alcaldes trataban de contener los desbordes sociales en sus comunas, no fomentarlos. Pero lo que se instaló se instaló. 

Néstor Kirchner comprendió ese fenómeno y se dedicó a conquistarlo. Para ello utilizó un manual clásico: girar fondos directos a los municipios pasando por alto al gobernador, y además fomentar el divide y reinarás. Lo hizo entre los propios alcaldes, pero también con el oxígeno político a las organizaciones sociales y espacios colaterlaes tales como Nuevo Encuentro de Martín Sabatella. La idea era clara: Al no tener un despliegue propio con hombres y mujeres del kirchnerismo, los condicionaba de esa forma. El proceso se profundizó hasta que llegamos a estos días. 

Los recambios más fuertes en el Conurbano se dieron en 2011 y 2015. Allí tomaron la posta muchos dirigentes territoriales que venían pujando en sus comunas y encontraron las condiciones políticas y sociales adecuadas, en un contexto donde el peronismo fue a elecciones dividido. El desgaste de la generación de jefes comunales del 91 y 95 dio paso a quienes, en muchos casos, habían sido parte de sus equipos de gobierno. Con un detalle particular que se terminó de completar en 2019 con la llegada las administraciones comunales de La Cámpora. Todos ellos hicieron campaña prometiendo terminar con las prácticas “oscuras” y “hegemónicas” de los barones. 

Sin embargo, en el ejercicio del poder, su tendencia fue a seguir el mismo camino de ellos. Es decir, controlar al milímetro lo que sucede en sus territorios. Manejar oficialismo y digitar quien es la oposición. Tener el contacto directo con la policía y saber muy bien dónde está el delito. Nada de lo que se mueva en sus tierras puede ser ajeno a su conocimiento. Si un comercio de alguien vinculado a la oposición abre en determinado barrio, ir a ver si tiene todo en regla. Alinear a los actores políticos desde los más relevantes a los más periféricos. Meterse hasta en el manejo de los remises de una interna del partido político más pequeño. Mandar al ostracismo a quien ose discutir su poderío, sean dirigentes o, incluso medios o periodistas. Saber al milímetro a dónde va cada peso de la municipalidad y quien está detrás de cada empresa que lo recibe. La lista se podría extender al infinito.

Esa lógica no cambió, aunque el marketing hace que los nuevos intendentes renieguen de llamarse “barones”, más allá que puertas adentro se reivindiquen como tal. 

Ahora, “para seguir siendo intendentes deben controlar la policía y a los movimiento sociales”, sugiere un experimentado jefe comunal de un distrito importante del interior de la provincia de Buenos Aires. Específicamente de la sexta sección electoral. El concepto es interesante, porque luego de la asonada policial, continúan tejiéndose especulaciones sobre cuál ha sido el rol de los jefes comunales, sobre todo por su pelea para seguir siendo barones. Para eso necesitan algo fundamental, tener perspectiva de continuidad y no quedar ajenos a una movida de tal magnitud que se cocinó en sus propios territorios. Lo mismo sucede con los movimientos sociales. Las tomas de tierras son combatidas por los alcaldes. Las alientan o al menos las defienden movimientos sociales. Es decir, una afrenta en la cara al título de barones. 

Quizá, la pelea más profunda con Axel Kicillof tenga que ver con eso. El gobernador se rehusa a reconocerles ese poderío. En varios sentidos. Primero fue en el armado del gabinete, luego en el manejo del dinero y ahora en la resolución del conflicto policial con la distribución de los nuevos fondos. La imagen de muchos de ellos detrás de Alberto Fernández en Olivos pareció ser la respuesta que Cristina Kirchner mandó a elaborar en función de lo que ella cree. “Ustedes lo desafiaron a Axel, no pudieron y ahora los expongo apoyando algo que ni siquiera sabían qué iba a suceder”. Las intrigas de poder son de tal magnitud que prometen días álgidos. El choque de planetas en el conurbano se podría resumir en lo siguiente: Los barones, que no quieren que los llamen barones buscan ser desplazados por quienes combaten a esos barones para en el futuro, convertirse en barones. El trabalenguas de la política del conurbano más caliente que nunca.  

23 septiembre, 2020